Regulación y Leyes 8 min de lectura 110 vistas

Cada vez leemos más rápido… y entendemos menos. ¿Las redes sociales tienen la culpa?

Lees una noticia. Llegas al tercer párrafo y te saltas dos. Buscas las negritas. Bajas rápidamente. Quizá revisas los comentarios antes de terminar. Cinco minutos después recuerdas de qué trataba la noticia, pero posiblemente no recuerdas exactamente qué decía. No necesariamente es falta de interés.

Por Luis de Ciber Conciencia
Publicado el 09 de September de 2026
Actualizado el 10 de October de 2026
Cada vez leemos más rápido… y entendemos menos. ¿Las redes sociales tienen la culpa?

Vivimos saltando entre WhatsApp, Facebook, TikTok, YouTube, X, correo electrónico, titulares, videos y notificaciones.

Y aparece una pregunta incómoda:

¿nos estamos acostumbrando a leer mucho, pero comprender menos?

La discusión acaba de adquirir una importancia especial en México.

Los resultados de PISA 2025 muestran un deterioro importante de la lectura en muchos países. Al comentarlos, la presidenta Claudia Sheinbaum señaló:

“En el reporte de la OCDE lo asocian a las famosas plataformas digitales que hemos estado estudiando aquí”.

La frase contiene una parte de verdad.

Pero la historia es bastante más complicada.

Y hay un contexto que no deberíamos ignorar: desde antes de conocerse estos resultados, el gobierno de Sheinbaum ya llevaba semanas hablando de los posibles daños de las redes sociales y preparando propuestas para regularlas.

Por eso vale la pena hacer una pregunta adicional.

¿PISA acaba de proporcionar nueva evidencia para regular las redes sociales o estamos convirtiendo una hipótesis razonable en una conclusión que la evidencia todavía no permite sostener?

Primero: algo sí está pasando con nuestra manera de leer

PISA es la evaluación internacional de la OCDE que mide competencias de estudiantes de 15 años.

Y sus resultados de 2025 son preocupantes.

En el promedio de los países de la OCDE, el desempeño lector volvió a caer. La organización también encontró cambios interesantes en la manera en que los jóvenes enfrentan los textos.

Uno de ellos es el aumento de los llamados “lectores apresurados”: estudiantes que responden rápidamente, pero se equivocan.

También existe menor lectura por placer.

Y desde 2022 aumentó casi seis puntos porcentuales la proporción de estudiantes que pasa más de una hora diaria en redes sociales.

La propia OCDE plantea una pregunta que hace unos años probablemente habría parecido exagerada:

¿son compatibles los dispositivos diseñados para maximizar nuestra atención con la atención sostenida que requiere el aprendizaje?

La preocupación, por tanto, es real.

Y Sheinbaum no inventó la relación entre tecnología, atención y lectura.

Pero PISA no demostró que las redes sociales sean las culpables

Aquí está la diferencia fundamental.

Encontrar que coinciden:

  • más tiempo frente a determinadas plataformas,
  • menor lectura por placer,
  • mayor distracción digital,
  • y peores resultados,

no demuestra automáticamente que una cosa haya provocado la otra.

Un adolescente que utiliza mucho las redes puede leer menos porque pasa más tiempo en ellas.

Pero también puede utilizar más las redes porque previamente tenía poco interés por la lectura.

Puede influir la escuela.

El entorno familiar.

El nivel socioeconómico.

La calidad de la enseñanza.

El sueño.

Los hábitos adquiridos desde pequeño.

La motivación.

O varias de estas cosas al mismo tiempo.

Precisamente por eso debemos distinguir una asociación de una causa demostrada.

Y esto importa especialmente porque México no está teniendo esta conversación únicamente como un ejercicio académico.

El gobierno ya estaba preparando una regulación

El 20 de julio, casi dos meses antes de publicarse PISA 2025, el gobierno federal anunció foros regionales para construir una propuesta sobre la regulación del uso de plataformas digitales y redes sociales entre niñas, niños y adolescentes.

La intención anunciada públicamente era llevar posteriormente una propuesta al Congreso.

Durante las semanas siguientes el tema comenzó a aparecer repetidamente en las conferencias presidenciales.

Se habló de algoritmos.

De adicción.

De reproducción automática.

De videos cortos.

Y particularmente del scrolling infinito: ese movimiento aparentemente inocente del dedo que permite que aparezca un contenido detrás de otro sin que exista un punto natural para detenernos.

El 29 de julio la propia presidenta explicó que los lunes se estaban presentando expertos sobre el uso excesivo de redes y teléfonos celulares.

El 3 de agosto participaron especialistas en seguridad digital y se describieron diferentes características de diseño de las plataformas que buscan capturar nuestra atención.

Ese mismo día Sheinbaum dijo que el objetivo era contar con una propuesta de regulación y continuar después el debate sobre las plataformas digitales.

Una semana después volvió a hablarse del impacto de los algoritmos y del scroll infinito en el aprendizaje.

Y el 17 de agosto la presidenta planteó directamente la pregunta:

¿cómo regular las plataformas digitales y, cuando menos, la manera en que están diseñados sus algoritmos para proteger a niñas, niños y adolescentes?

Nada de esto estaba oculto.

El gobierno lo ha presentado públicamente como una discusión nacional y ha insistido en que no pretende simplemente imponer una prohibición.

También ha realizado foros y consultas con maestros, especialistas y otros sectores.

Pero hay algo importante para nuestra discusión:

la posibilidad de regular las plataformas ya estaba sobre la mesa antes de que aparecieran los resultados de PISA 2025.

Entonces apareció PISA

El 8 de septiembre se publicaron los nuevos resultados.

Y al comentarlos, Sheinbaum relacionó el deterioro internacional de la lectoescritura con las “plataformas digitales que hemos estado estudiando aquí”.

La coincidencia temporal resulta inevitablemente interesante.

Pero debemos tener cuidado.

No tenemos evidencia para afirmar:

“Sheinbaum utilizó PISA para justificar una regulación que ya había decidido”.

Afirmarlo significaría atribuirle una intención que no podemos demostrar.

Lo que sí podemos decir es algo diferente:

PISA acaba de incorporarse a una discusión política sobre redes sociales que el gobierno ya venía construyendo desde semanas antes.

Y precisamente por eso debemos ser especialmente rigurosos con lo que PISA realmente demuestra.

Porque una preocupación legítima puede terminar convertida en política pública

Imaginemos que mañana se propone limitar alguna característica de TikTok, Instagram, YouTube o cualquier otra plataforma porque perjudica la capacidad de concentración de los menores.

La propuesta puede resultar razonable.

Incluso puede ser necesaria.

Pero antes deberíamos preguntar:

¿qué problema exactamente queremos resolver?

¿Adicción?

¿Problemas de salud mental?

¿Distracción?

¿Exposición a contenido dañino?

¿Comprensión lectora?

¿Uso excesivo de teléfonos dentro de las escuelas?

No son exactamente el mismo problema.

Y aunque pueden relacionarse entre sí, demostrar uno no demuestra automáticamente todos los demás.

Ese es el riesgo de construir una narrativa demasiado sencilla:

scrolling → adicción → falta de atención → menor comprensión lectora → malos resultados escolares.

La cadena parece lógica.

Pero cada flecha necesita evidencia.

Eso tampoco significa defender a las plataformas

Sería igualmente equivocado irnos al extremo contrario.

Existe evidencia suficiente para cuestionar algunas decisiones de diseño de las grandes plataformas.

El scroll infinito elimina puntos naturales de interrupción.

La reproducción automática presenta inmediatamente otro contenido.

Las notificaciones buscan recuperar nuestra atención.

Los sistemas de recomendación aprenden qué consigue mantenernos mirando.

Nada de eso apareció accidentalmente.

Las plataformas compiten por algo extremadamente valioso:

nuestro tiempo y nuestra atención.

Y diferentes gobiernos y organismos reguladores alrededor del mundo ya están discutiendo cómo proteger especialmente a menores frente a algunos de esos mecanismos.

Por tanto, discutir regulación no es absurdo.

La pregunta correcta es:

¿qué regulación y sustentada en qué evidencia?

México tampoco puede esconder sus problemas educativos detrás de TikTok

Este punto resulta especialmente importante.

En PISA 2025, solamente alrededor del 50% de los estudiantes mexicanos alcanzó al menos el nivel básico de competencia lectora.

El promedio de la OCDE fue 69%.

Y prácticamente ningún estudiante mexicano alcanzó los niveles más altos de lectura, frente a aproximadamente 6% en el promedio de la organización.

Son datos muy malos.

Pero hay otro dato que cambia bastante la interpretación.

El resultado mexicano en lectura de 2025 fue estadísticamente similar al de 2022.

México no acaba de experimentar un desplome repentino de comprensión lectora que podamos atribuir simplemente al crecimiento reciente de TikTok o del scrolling infinito.

Tenemos problemas educativos que vienen de mucho antes.

Por eso responsabilizar excesivamente a las plataformas puede resultar políticamente cómodo.

Porque entonces una parte del problema parece estar dentro del teléfono.

Pero también tenemos que hablar de calidad educativa, formación de maestros, desigualdad, hábitos de lectura, entorno familiar, infraestructura y políticas públicas.

Regular Instagram resulta probablemente más sencillo que arreglar todo eso.

Y esto tampoco es solamente un problema de adolescentes

Hay algo incómodo en toda esta discusión.

Los adultos hacemos exactamente lo mismo.

Abrimos WhatsApp.

Entramos a una noticia.

Regresamos a WhatsApp.

Vemos un video.

Contestamos un mensaje.

Volvemos al artículo.

Buscamos rápidamente la parte que nos interesa.

Después abrimos Facebook.

Y diez minutos más tarde hemos consumido una enorme cantidad de información sin haber permanecido demasiado tiempo concentrados en ninguna.

Quizá el problema no sea que estemos dejando de leer.

Leemos constantemente.

Mensajes.

Comentarios.

Publicaciones.

Titulares.

Subtítulos.

Noticias.

Lo que podría estar cambiando es el tipo de lectura que practicamos.

Leer veinte publicaciones breves no exige necesariamente el mismo esfuerzo cognitivo que seguir durante veinte minutos un argumento complejo, relacionar distintas partes del texto y decidir después si estamos de acuerdo.

Y eso sí debería preocuparnos.

Ahora agreguemos inteligencia artificial

PISA 2025 encontró algo más.

En México, 47% de los estudiantes declaró utilizar chatbots de inteligencia artificial para aprender al menos una vez por semana.

El 34% los utiliza para resumir textos que tenía que leer.

Otra vez: eso no significa que la inteligencia artificial esté destruyendo la educación.

Una IA puede explicar conceptos difíciles, proporcionar ejemplos, responder preguntas o ayudar a investigar.

El problema aparece cuando la herramienta sustituye precisamente el esfuerzo que necesitamos ejercitar.

Si cada vez que encontramos un texto complicado pedimos:

“Resúmelo”.

obtenemos la información.

Pero quizá dejamos de practicar una habilidad distinta:

comprender por nosotros mismos un texto complicado.

La propia OCDE plantea este problema en términos muy interesantes: la tecnología ayuda cuando favorece el esfuerzo cognitivo necesario para aprender; puede perjudicar cuando lo elimina.

Entonces, ¿Sheinbaum tiene razón o no?

En parte, sí.

Existe una preocupación legítima sobre la relación entre plataformas digitales, atención, hábitos de lectura y aprendizaje.

La OCDE también está preocupada.

Y sería absurdo fingir que las redes sociales no compiten constantemente por nuestra atención.

Pero decir que las plataformas explican la caída mundial de la comprensión lectora va más allá de lo que PISA puede demostrar.

Y ahí es donde debemos ser especialmente cuidadosos.

Porque México ya está discutiendo posibles regulaciones.

Cuando una hipótesis científica puede terminar convertida en una ley, la diferencia entre “podría estar relacionado” y “está demostrado” deja de ser un detalle académico.

Se convierte en una cuestión de política pública.

Regular puede ser necesario. Regular mal también puede ser peligroso

La discusión no debería reducirse a dos bandos.

“No regulen absolutamente nada”.

contra:

“Las redes están destruyendo a nuestros hijos; hay que intervenir”.

Podemos exigir algo bastante más razonable.

Que cualquier regulación identifique claramente el daño que quiere evitar.

Que presente evidencia.

Que explique por qué la medida propuesta puede reducir ese daño.

Que evalúe sus efectos secundarios.

Que proteja a los menores sin convertir la protección en una excusa para controlar contenidos legítimos.

Y que pueda medirse después para saber si realmente funcionó.

Eso es especialmente importante cuando hablamos de algoritmos y plataformas que utilizan millones de mexicanos.

Hagamos una pequeña prueba

Cuando termines este artículo, busca otro texto largo que realmente te interese.

Pon el teléfono en silencio.

No abras WhatsApp.

No cambies de aplicación.

No busques inmediatamente las negritas.

Lee durante diez minutos seguidos.

Y observa qué sucede.

Si después de dos minutos sientes esa pequeña necesidad de revisar otra cosa, quizá las preocupaciones sobre nuestra atención digital no sean ninguna exageración.

Pero tampoco necesitamos exagerarlas para tomarlas en serio.

Las redes sociales pueden formar parte del problema.

El scrolling infinito merece ser estudiado.

Las plataformas deben responder por las decisiones de diseño que toman.

Y México tiene todo el derecho a discutir si necesita regular algunas de ellas.

Pero precisamente porque una regulación puede afectar a millones de personas, debemos exigir algo más que una historia convincente.

Debemos exigir evidencia.

PISA nos está advirtiendo que tenemos un problema con la lectura y la atención.

Lo que todavía no nos ha demostrado es que ya sepamos quién es el culpable.

Fuentes y Referencias

• OCDE — PISA 2025 Results, México: resultados de lectura, nivel 2, comparación con promedio OCDE, uso de IA y dispositivos.

• OCDE — Lanzamiento internacional de PISA 2025: caída de lectura, “lectores apresurados”, atención, lectura por placer y entorno digital.

• Presidencia de México — 20 de julio de 2026: anuncio de foros para construir una propuesta de regulación de plataformas y redes sociales para menores.

• Presidencia de México — 3 y 17 de agosto de 2026: declaraciones sobre algoritmos, scrolling infinito, expertos invitados y posible regulación.

• Revisión sistemática 2025 sobre smartphones/redes sociales y desempeño académico: evidencia científica externa para contextualizar la relación, sin confundir correlación con causalidad.